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lunes, 11 de julio de 2011

La herida de México que padecemos todos




H. E. Cavazos Arózqueta
(@HECavazos)



Se entregó en escénica y existencia y lo traicionaron. Les ofreció su seno, su calor, su morada, su mano y su cuerpo. Siempre con ellos, para ellos y con ellos. Y un día, lo secuestraron y comenzaron a asesinarlo, muy lentamente, torturándolo, humillándolo, violándolo. Hasta que un día, logró escapar de sus captores.



La víctima fue y sigue siendo México. Por eso ahora, con una herida mortal en el cuerpo, se aleja, como puede, de quienes lo mutilaron y profanaron. Y ahí va, aullando de dolor, miserable y sorprendido. Se pregunta de cómo puede haber tanta maldad en el mundo. Llora desconsoladamente mientras sigue su camino, solitario y desamparado, muerto de miedo, ahogándose en rabia, tratando de salvarse.



Rogando por ayuda, entre sollozos, gemidos y alaridos, se arrastra, rasguñando y manchando la tierra de sangre, México, por el desierto de su presente. Las lágrimas que brotan de sus almendrados y afligidos ojos van dejando una hermosa senda de flores amarillas, blancas, azules y rojas tras de sí. Pero el camino que vislumbra su mirada, llena de amargura, que se extiende, pareciera ser que hasta el infinito, es desértico y proyecta confusos espejismos.



Ahora el dolor se intensifica. México brama, se tensa y se detiene, ¿querrá morirse ya?, ¿se habrá rendido ante el dolor? No, ahora, robándole fuerzas al sol, al tiempo, se incorpora y sigue su rumbo hacia lo incierto. Cualquier destino será mejor. Aún suplica por socorro, a la arena, al cielo, al aire... No hay nadie más. México camina, entre atropellos, solo. Huye de quien lo hirió hiriéndose así mismo a la vez, traicionándolo y traicionándose, lastimándolo y lastimándose.



Vuelve a caer México. Esta vez sí titubea; duda si claudicar o no. La muerte comienza a antojársele mejor que su sufrimiento. Ruge. Comienzan a quebrarse, uno por uno, cada uno de sus huesos. Siente en su interior como su sangre, cual río, desemboca su caudal en su herida. Empieza a perder la vista, mas no deja de llorar. Lleva llorando ya muchos años. Lleva sufriendo ya muchos años. Lleva muriendo ya muchos años. No obstante, ahora sí dejará de llorar y de sufrir. Muerto ya no se llora ni se sufre.



Y la muerte seduce a México acariciándolo con sus pálidos dedos, besándolo con sus helados labios. Y ahora sí, bañado en lágrimas, sudor y sangre, México, recuerda sus años de gloria, de paz, de justicia, de libertad. Y se mezclan sus recuerdos con sus sueños. Y se estremece al recordar la furia de quien lo acribilló, por ambición, por injusticia, por maldad y por soberbia: la oligarquía. Y poco a poco la distancia entre México y el cielo se acorta. Comienza, luego de muchos años, a sentir nuevamente tranquilidad, paz, armonía. Entonces, instantes antes de morir, le dice a la muerte: eres el amor de mi vida.

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