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lunes, 11 de julio de 2011

México apanicado




H. E. Cavazos Arózqueta
(@HECavazosA)


Como pueblo mexicano llevamos ya mucho tiempo sintiendo miedo. Y este miedo nos ha quitado mucho más que sólo la tranquilidad: nos ha quitado libertades, parte de nuestro patrimonio; a algunos les ha arrancado de sus casas y de sus vidas a familiares, a otros les ha quitado todo, incluyendo la vida. Vivimos aterrados desde hace ya mucho años, incluso desde antes de que iniciara esta terrible guerra, desde antes que empezaran las muertes. El proyecto de atemorizar a los mexicanos inició desde las campañas políticas de 2005. El pánico comenzó a propagarse a causa de la guerra sucia contra el candidato presidencial del Partido de la Revolución Democrática.

Todo comenzó cuando se encargaron de inculcarle a la sociedad el temor al socialismo, al comunismo. Los medios se encargaron de repetir que Andrés Manuel López Obrador representaba un peligro para México porque, decían, que profesaba ideas radicales, que era un asesino, que habría de terminar instaurando regímenes como el de Evo Morales, Chávez o Castro. Le hacían ver como un loco, fanático, mesiánico, con aspiraciones dictatoriales. Y acabaron por persuadir a amplios sectores de las clases media y alta, que amenazaron, incluso, con huir inmediatamente si AMLO asumía la presidencia. Estos últimos siguieron, aterrorizados, los sucesos de la jornada electoral del 2 julio de 2006.

Luego siguió el fraude electoral y, junto con él, mucho más terror. A resultas de estas elecciones fraudulentas asumió a la presidencia un político que carecía de legitimidad y, a causa de esto, buscó la legitimación mediante una guerra irresponsable, pésimamente ejecutada y peor planeada. De esta situación bélica se originaron episodios inhumanos, sangrientos, que llegaron a los ojos y a los oídos de los ciudadanos: cabezas rodantes en pistas de baile, cuerpos descuartizados en hieleras, ejecuciones diarias, entre otras. Esto provocó desconcierto y, claro, más miedo entre la sociedad.

Pero mucha gente creía que el problema era nada más entre el gobierno y el crimen organizado. Sin embargo, sucedió una nueva tragedia que sacudió a las clases privilegiadas: el secuestro y asesinato del hijo de un muy importante empresario del país. A raíz de esto, comenzaron a mezclarse, en los medios de comunicación, noticias sobre afrentas contra el narcotráfico, contra la policía, contra el ejército y contra todas las clases sociales; es decir, todo México padecía, como nunca, la inseguridad en el país. Nadie estaba seguro, todos corríamos peligro. Y el miedo crecía.

El siguiente acontecimiento que provocó una oleada de pánico en la sociedad fue la muerte del secretario de gobernación, Juan Camilo Mouriño, en un accidente aéreo, mismo que muchos escépticos dudaron acerca de la razón por la que había sucedido. Las autoridades afirmaron siempre que nadie tuvo que ver con este suceso; empero miles sostenían la teoría de que el crimen organizado había superado en poder al Estado, y esto, evidentemente, los aterró.

A todo esto se asumieron dos terribles crisis: la económica y la de la Influenza. Éstas afectaron al país de una manera terrible. Pero fue con la cuestión de la gripe H1N1 con la cual propagaron el miedo de una forma exagerada e irresponsable. Vaciaron ciudades, cerraron negocios, cancelaron las clases, resumiendo: inmovilizaron al país mediante el terror, pues hablaban de muertes y más muertes provocadas por esta gripe; y claro que la sociedad se apanicó nuevamente, al grado de resguardarse en sus casas, pasearse enmascarados.

Y qué decir de las últimas catástrofes naturales que han azotado a México, una de estas, muy reciente. Por si fuera poco con las crisis sociales, políticas y económicas que hemos padecido, la naturaleza también nos ha cobrado factura. Y desgraciadamente estos problemas son graves, pues los gobiernos incompetentes y corruptos que gobiernan esos estados que han sufrido a causa de huracanes, tormentas, inundaciones, se han robado todo el dinero en lugar de invertirlo en infraestructura para soportar sin problemas estas catástrofes. Y claro, ese gente teme a diario por su futuro incierto.

El presente es distinto pues, es un hecho, ha empeorado. El pánico crece día a día. En el país, quienes pueden, han decidido migrar a los Estados Unidos, y quienes no pueden, procuran estar fuera de sus casas lo menos posible. Las empresas que ofrecen servicios de seguridad privada, las blindadoras de automóviles, han crecido; pero las pequeñas y medianas empresas han perdido. En el norte hay quienes han trasladado sus negocios al otro lado de la frontera; en las zonas turísticas ya no sabes si te incinerarán dentro del local al que acudes o te mataran saliendo. El miedo constriñe la voluntad de los mexicanos.

Estos festejos del Bicentenario, por supuesto, no fueron la excepción. Las autoridades urgieron a todos los mexicanos a quedarse en sus casas, a no acudir a las plazas donde habría de llevarse a cabo el festejo. Todos creíamos que iban a haber coches bomba, granadazos, ejecuciones, lo de a diario: tragedias. No obstante, afortunadamente, no sucedió nada. Pero el miedo estuvo ahí y nos lo provocó el gobierno.

Siempre han sido los mismos los que se han encargado de tener a la sociedad sumida en el temor: la oligarquía y el gobierno. Y esto debe cambiar. México no puede seguir apanicado. Debe volver la paz. Debemos quitarnos el miedo al cambio político, económico y social. Pero, sobre todo, debemos perder el miedo a hacer lo que tengamos derecho de hacer: a salir, a convivir entre nosotros, a caminar tranquilos por las calles, etc. Para que esto suceda debemos educarnos como sociedad, desarrollar programas sociales, iniciar leyes que propongan verdaderos cambios, progresos. Tenemos que urgir a nuestras autoridades para que acaben con esta guerra, con la inseguridad. Hay que votar por el cambio, hay que atreverse a cambiar, hay que crear conciencia.

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