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lunes, 11 de julio de 2011

Paradojas mexicanas




H. E. Cavazos Arózqueta
(@HECavazosA)


¡Gloria, gloria! Glorioso el tiempo que transcurrió desde que Tenoch los guío desde Aztlán hasta que vieron aquella águila, posada en un nopal, devorando una serpiente; más adelante, en un palenque, ésa misma águila sería sometida por otra de cabeza güera. No obstante, esa no es la historia. Volvamos al tiempo glorioso: dos siglos llenos de triunfos, de respeto, de imperio. ¡Jamás olvidéis los once nombres que cargaron con ustedes! Recordad siempre a Acamapichtli, Huitzilíhuitl, Chimalpopoca, Itzcohuatl, Moctezuma Ilhuicamina, Axayácatl, Tízoc, Ahuitzotl, Moctezuma Xocoyotzin, Cuitláhuac y Cuauhtémoc. Ellos fueron sus emperadores. Ellos hicieron de su pueblo el más grande de los imperios –una de las ciudades más grandes del mundo en esa época–sin embargo llegó la caída y con ella la calumnia, la humillación y el odio. Sonaron nombres, sinónimos de cadenas, de evangelización, de colonia: nombres como Antonio de Mendoza, Antonio María de Bucareli y Ursúa, José de Iturrigaray Aréstegui y Juan O'Donojú y O'Ryan –que con éste terminó la conquista –, entre otros; todos ellos traídos por Hernán Cortés. Y así, así fue como se volvió paradójico su destino, que pasaron a ser oxímoron de lo que fueron: de emperadores, nobles y poetas, a esclavos, oprimidos y explotados. Sin embargo, su anatomía, ya se dijo: raza de bronce. Su imagen: siempre sublime. Hoy lamento no tener el recuerdo de su cuerpo desnudo, cual esculpido por el más virtuoso de los alfareros, contrastando con el blanco de las nieves que cubren a sus ancestros, hoy de piedra; hoy volcanes; no obstante, dueños de una imponencia perpetua. Empero insisto con la paradoja, pues la sangre que antes ofrecían a quienes adoraban, acabó por ser entregada a la tierra. ¡Mas se excedieron! Y de dicho exceso no fueron ustedes culpables, fueron actores, pues aquello lo causó una guerra; una guerra que les declararon aquellos que presumían ser sus dioses… ¡Qué paradójico! Sin embargo eran sus hermanos: hijos, al igual que ustedes, de Quetzalcóatl y la Virgen Morena. Trágico. Su tierra se bañó de sangre derramada a resultas del incesto y el fratricidio. ¡Siéntanlo, han heredado el frío de sus antepasados agonizantes! Durante tres siglos, el olor a semen, eyaculado por el violador e invasor, hedió en sus hogares, mismos en los cuales, se escuchó en sus paredes, durante trescientos años también, los lamentos y el llanto de sus esposas, hijas, sobrinas. ¡Cuánta muerte!: en demasía, ¡cuánta sangre!: tanta, que causó la creación de ríos caudalosos que inundó y arrasó ciudades enteras. De la tierra – ¡sus tierras!–, en vez de verduras o tubérculos, brotaron tibias, cráneos, peronés, costillas. Sin embargo, al surgir la imagen de la hija de sus padres, Guadalupe, entendieron su parentesco con el enemigo y lograron acariciar la libertad. Y ésta, con su amorfa mas sensual figura, sedujo a la justicia; y que aunque lésbico fue el coito, de éste surgió la concepción del primero de su nueva generación: un gigante destructor de cadenas e insaciable defensor de la soberanía. Sin embargo, carecía de inmortalidad; empero de todos los héroes fue el único que no tenía a una bala esperándole al final de su camino. La muerte del gigante llegó junto con repercusiones para ustedes: nuevamente los vistió el eterno sudor y se les negó el lucro y la dignidad. Sus corazones echaron de menos a Juárez echándose kilos de más en la espalda, dejando uñas en esas tierras, antes suyas, ahora del hacendado. El maíz tan de ustedes, tan de todos, les recordaba su paupérrima condición: peones sometidos a la deuda y al yugo de las tiendas de raya. Paradójico, repito, volvió a ser su destino: el maíz dejó de alimentarlos y los insultó, la tierra dejó de enriquecerlos y los explotó. Mas una tormenta de balas libertarias azotó a la nación. Una Bola fue asolando a las haciendas. Monstruos mitológicos como, por ejemplo, un centauro, se levantaron en armas por ustedes. Culebras de fierro gigantes, que en sus esófagos cargaban demonios llamados Federales, volaron en mil pedazos; sombreros guerreros, bigotes valientes y carabinas revolucionarias exigieron libertad; un barbón, con la sangre del enemigo, escribió una nueva constitución y un manco nos guío a través de una Senda de Gloria; y al canto del cenzontle lo callaron cuatrocientos balazos, el jade se tiñó del rojo carmesí de la sangre mexicana; las flores emanaron un nauseabundo aroma a muerte y…los mexicanos se odiaron. Empero el silencio volvió, y con él la paz y la libertad. Se estuvo cerca de lograr conquistar a la más bella de las triadas: paz, libertad y justicia; sin embargo, ésta última faltó. Pero se siguió, se sigue y se seguirá buscando. El día que se alcance, entonces podrán gritar, ahora sí con euforia, ahora sí con pasión, ahora sí con ardor, ahora sí de verdad: ¡que viva la independencia y que viva la revolución!

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