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martes, 12 de julio de 2011

Ya escuchó Calderón el "ya basta". Y se molestó



H. E. Cavazos Arózqueta
(@HECavazosA)


A Felipe Calderón se le ha dicho de todo. Algunos lo han llamada asesino, otros genocida. No falta quienes afirmen que es alcohólico o un ingenuo bien intencionado. También hay quienes creen que es un hombre autoritario y que su régimen es represor. Pero no todos tienen, evidentemente, una mala idea de él; ya que un sector de la sociedad lo llama presidente o comandante en jefe. Habrá quienes deseasen nombrarlo su alteza o su majestad, tal vez. Sin embargo, en algo nos ponemos todos de acuerdo: en que el titular del Poder Ejecutivo de la Federación es de, como quien dice, "mecha corta".

El inquilino de Los Pinos se irrita, se enfada, se enfurece fácilmente. Cuando le han hecho críticas duras, ha pedido, cual Robespierre, la cabeza de los criticones. Cuando le han hecho preguntas incómodas, ha pedido, cual Robespierre, la cabeza de los preguntones; no obstante, afortunadamente, no siempre se le ha cumplido el capricho. De no ser así, miles de transeúntes acéfalos patearían las calles de México. Porque todos tenemos derecho de criticar y derecho a preguntar. Y no es posible que cada que se enoje el Sr. Felipe de Jesús deban rodar cabezas por la, de por sí y a causa de él, ya ensangrentada tierra.

Hace exactamente una semana se llenaron las calles de distintas ciudades de la República. El hartazgo colectivo y la indignación nacional fue lo que las llenó. La gente salió de sus casas a gritar: ¡ya basta de sangre!, ¡no más sangre!, ¡ni un muerto más!, ¡queremos trabajo, queremos escuela, queremos hospitales, no queremos militares!, y un largo etcétera de consignas contra la empresa bélica, inútil y fallida, que Calderón emprendió al iniciar su mandato para, según él, terminar con el crimen organizado.

Desde hace ya media década los mexicanos estamos aterrados. El pánico recorre las carreteras de todo el país. En todos los hogares habita el miedo. La aflicción, el sufrimiento son las sensaciones preponderantes. México agoniza y le duele morir. Y, como lo dijo Javier Sicilia, el otrora poeta que nos ayudó a despertar, ya estamos hasta la madre. Estamos hasta la madre de todos los hijos de la chingada que matan, que asesinan, que mutilan, que acribillan a mexicanos; no importa que sean policías, militares, "narcos", si matan, son unos hijos de la chingada, y estamos hasta la madre de ellos.

Sin embargo, los principales enunciatarios del mensaje enviado en la marcha nacional de la semana pasada contra la violencia fueron las autoridades. El "ya basta", por lo menos yo, se lo dirijo al gobierno federal, a los gobiernos locales y a las fuerzas armadas del país. Porque es el Estado el que tiene la obligación de procurar justicia, de deparar bienestar para sus gobernados, de mantener un gobierno en el cual imperen la paz, la equidad y el imperio de la ley.

Los narcotraficantes, por más inhumanos, malvados, siniestros que sean, no violan Derechos Humanos, ellos delinquen. Las autoridades, en cambio, sí los violan, y, además, delinquen también. Lo que viola nuestras Garantías Individuales es tanta impunidad, tanta injusticia, tanta negligencia administrativa y política. Y a eso, aunque no le parezca a Felipe Calderón, le gritamos que ya basta. ¡Ya basta de crímenes impunes!; ¡ya basta de desigualdad!; ¡ya basta de represión!; ¡ya basta de violaciones a nuestros derechos fundamentales!; ¡ya basta de guerra¡; ¡ya basta de sangre!

A crear conciencia.  

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