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sábado, 20 de agosto de 2011

El pintor se ha rendido




H. E. Cavazos Arózqueta

El fresco de la pared del fondo expresa a Schopenhauer sodomizando a Comte en la cama del ex dictador Porfirio Díaz. Las otras tres paredes, sucias, coloridas, y el techo son de cantera. El suelo es de mármol italiano y está hecho un asco. Sobre éste se encuentra Rómulo Granados, dueño del estudio, frente a un bastidor en blanco, virgen y fértil, que reposa en su caballete. Los dos, lienzo y artista, se confrontan y aguardan el momento del inicio de la obra. Ninguno se mueve un sólo centímetro; parecen inertes. El silencio es inquebrantable y el frío se cala en lo más hondo de las entrañas del pintor.
El estudio de Rómulo, que antes albergaba éxito, positivismo y entusiasmo, hoy sirve de morada del fracaso, el negativismo y la resignación. El lugar huele a abandono, a acrílico, a orines y a alcohol. Es exactamente el prototipo del hábitat natural del perdedor. La atmosfera es tensa, casi concreta, solida… insoportable.
Granados sigue inmóvil, contemplando lo que en unas horas ha de ser su última obra: La premonición del final. El blanco del lienzo no lo provoca, al contrario, él quisiera que se quedara así; no obstante, sabe que eso no sucederá. Rómulo está por entregarle su vida al cuadro, con cada pincelada, con cada trazo y cada color.

Los burgueses se han quedado sin imaginación y no son capaces de hacer arte con lo que su tierra les brinda. Esto les ha resultado a la mayoría crítico; pues la revolución exige hacer énfasis en los maizales, los mestizos, los volcanes, los nopales, los charros, etcétera. México necesita nacionalismo, no impresionismo francés. El pueblo no peleó durante más de una década para que sus proezas se ostenten en mujeres desnudas o parques europeos floreados.
Se ha acabado la filosofía del positivismo. México está creciendo como nación soberana. Los de abajo están dejando a los de arriba lejos… en el abismo. Es por todo esto y otras cosas que Rómulo no tiene trabajo: no puede hacer murales que exalten la divinidad y la importancia de nuestras revoluciones. Este pintor es un pobre burgués desubicado y por eso ha arrojado la toalla.
Rómulo se rehúsa a plasmar a los caudillos y al pueblo enfurecido derrocando gigantes. Tampoco quiere tener nada que ver con las nuevas celebridades del arte: los llama hipócritas, rojos de mierda o comunistas hijos de puta. Su odio hacia el progreso lo ha aislado de la sociedad y, a resultas, hoy se encuentra rodeado de soledad y anacronismos… controlando su desesperación.

Ahora el pintor toma un lápiz y coloca la punta de grafito en el centro del lienzo. Acto seguido, con una sutileza y una agilidad casi sagrada, dibuja un bastidor sobre un caballete. Con cada trazo se va dejando la vida, se va borrando poco a poco, otorgándole sus colores a la obra, animándola.
Los colores ya empiezan a mezclarse en la paleta del pintor. Las cerdas del pincel acarician cada color, lo mezclan, lo baten con otros. Poco a poco se van formando los claros y los oscuros. Y el pincel va a la paleta y de ahí al lienzo, llenándolo de coloración, sostenido por una mano casi transparente, sin calor, a punto de rendirse.
El bastidor muestra un estudio gris, con paredes sucias, al fondo de éste una pequeña puerta de madera. En el centro se aprecia otro bastidor sobre un caballete en blanco, a sus pies, se puede ver a una persona yaciendo de lado, dándonos la espalda. Sin embargo, aún no se ha concluido. Rómulo sigue dibujando y al mismo tiempo desapareciendo. De él solamente quedan sus ojos y sus manos.
Pero las manos del artista se mueven ágiles; y ahora el hombre que yace en el bastidor se puede estimar con mayor claridad. La cabeza de éste se encuentra sobre un gran charco de sangre y del oído que mira hacia el techo sale una vara de madera. En la obra que reposa sobre el caballete situado frente al hombre muerto, aparece lo mismo que en este momento tiene frente a él Rómulo, el pintor. Así sucesivamente se va haciendo más pequeña la imagen del bastidor dibujado… Sin embargo, siempre es la misma.
Rómulo contempla lo que ha quedado plasmado frente a él, luego se acuesta a los pies de su obra; se pone en posición fetal pero con todo su costado izquierdo sobre el frío mármol sucio. Ahora, con su mano derecha toma el pincel más delgado y lo coloca cuidadosamente dentro de su oído. Con la mano izquierda lo sostiene y, ya sujeto el pincel dentro de su oreja derecha, con la mano diestra lo golpea con todas sus fuerzas, encajándolo en el costado de su cerebro, privándose así de la sensación de la temperatura, del dolor, de las ideas y del sufrimiento.
FIN

5 comentarios:

  1. me gustó, pero anuncias demasiado el final. buen cuento

    www.demybolsillo.blogspot.com

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  2. Me gustó la descripción, es como estar viendo en detalles el ambiente donde se desarrola el cuento.- Muy Bueno

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  3. Vaya ! el final muy trágico, pero me gusto mucho.

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  4. Muchísimas gracias por sus comentarios.

    Un abrazo.

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