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sábado, 6 de agosto de 2011

El recluso delirante


H. E. Cavazos Arózqueta

Las paredes de este calabozo parecen contraerse; me hostigan, pareciera que me quieren aplastar. El sudor se cuela por mis parpados cerrados y me incomoda. Quiero sacarme los ojos. Tengo frío y me duele todo. Y el dolor se incrementa cuando mi cuerpo se sacude violentamente por los escalofríos. Quisiera morirme en este instante, salvar un poco de dignidad. Estoy bañado en fluidos corporales. De pronto, la pared que tengo frente a mí comienza a agitarse y surge de ella una sirena. Inmediatamente descarto la idea de violarla, no porque su fisonomía no me lo permita, sino porque su belleza me confunde, me inspira ideas de paz y, al mismo tiempo, bizarras; me incita de cierto modo al bestialismo. Y es la falta de sexo la que induce a mi mente a dudar si prefiero el rostro divino de la sirena o, que si acaso, cambiaría éste por uno de pez a cambio de unas piernas. Ahora la ninfa se me acerca y su aroma despierta en mí un recuerdo lejano: el del llanto. Sí, huele a lágrimas, y esto y su imagen me estimulan y me incitan a llorar pero me contengo. Su mano se extiende y acaricia mi rostro. Yo me quedo inmóvil; en este momento, teniéndola mucho más cerca que antes, me besa. El beso hace que mi cuerpo arda en un calor casi infernal. No me excita; me lastima. Se han abierto todas las cicatrices de mis entrañas y de éstas brotan sentimientos mezclados con sangre a raudales. He olvidado el hambre y los maltratos. Quiero irme con el ser híbrido, perderme con éste en el eterno océano y en su sublime cantar. Sin embargo, no sé nadar. ¡No, no! Se va. Mi sirena se va y yo me estoy quedando. Le gritó que no me deje y me responde que la siga, mas no sé nadar. Y la sirena se fue y yo empiezo a sollozar. Sollozo con tal fuerza que el caudal de mis lágrimas desemboca con impulso en mis ojos, casi arrancándomelos. Y el tiempo sigue pasando y la celda se empieza a llenar de lágrimas y yo no sé nadar. Pero flotar ya no es lo primordial pues lo que necesito ahora es respirar. Me estoy ahogando; me estoy muriendo… ¡La sirena ha vuelto! Y se me acerca y me besa. La amo más que a la vida… Ya puedo morir tranquilo.

FIN

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