Páginas vistas en total

viernes, 18 de noviembre de 2011

El priista y el borracho



H. E. Cavazos Arózqueta
(@HECavazosA)

A mi padrino, que en paz descanse, que alguna vez me contó una historia parecida

Un borracho, cual masa inerte, yace sobre una banqueta desmayado; debajo de él, una botella vacía de mezcal barato; a su alrededor los transeúntes, indiferentes, quizás acostumbrados, comiendo paletas, tomando refrescos, tirando basura, disfrutan de un domingo cualquiera en la plaza de armas del pueblo. Algunos, enamorados, caminan abrazados o de la mano; otros, con sus familias, cotorreando. La mayoría busca simplemente en qué matar el tiempo. La música armoniza el ambiente; el clima es agradable. El sol no quema, el viento refresca.

De pronto llegan camionetas último modelo; camiones de pasajeros y de carga se estacionan en las calles. Salen extranjeros de todos los automóviles y empiezan a trabajar, mientras que los locales los miran con asombro, curiosidad y desconfianza. Todos los foráneos llevan ropas con los colores y las siglas del Partido Revolucionario Institucional adornándolas. Y emprenden rápidamente sus labores; unos reparten camisetas, gorras, matracas, trompetas; todas ellas dicen PRI, y contienen leyendas de esperanza. Los demás, los fuertes, comienzan a armar una tarima, un templete, una carpa. Y luego de unas horas todo está listo para que se lleve a cabo el mitin del candidato del Tricolor.

Pasado el medio día llega un hombre elegante, bien parecido, pulcro, perfectamente peinado, de la mano de una “artista”, de una estrella de telenovela. Una banda comienza a tocar. Las letras de las canciones han sido modificadas para que contengan el nombre del joven y apuesto político, y del partido. Y la gente comienza a congregarse debajo del templete. Sobre este último, se encuentran ya algunos bribones, pillos, pícaros, ladinos, barbajanes, embusteros, randas y truhanes. Y claro, el chulo, el guapo, el galán, el cuero, con su pareja, que presenta las mismas cualidades.

De otros camiones descienden hordas de hombres, niños y mujeres ruidosas; todos coreando el nombre del candidato y del partido. Porras, cánticos; y los chiquitibúm a la bim bom ba; y los vivas; y los lemas; y los slogans; y los sí se puede. Se arma la trifulca, el mitote, la fiesta. Y se reparten las tortas, de jamón y queso; de huevo con chorizo toluqueño; de tamal. Y los del pueblo se empiezan a unir al despapaye. Menos el borracho, que sigue dormido, tal vez desmayado, de tanto brindar la noche anterior; de tanto gritar que la vida no valía nada; de tanto tomar; de tanto llorar; de tanto lamentar por estar tan jodido.

Y el candidato tricolor, vestido de rojo carmesí, toma la palabra:

–¡Compañeros, camaradas, amigos! –grita con el pecho inflado – Esta tarde, este día, en este momento –continua con su discurso –, he venido, he llegado, he arribado, a contarles, a expresarles, q decirles, que deseo, anhelo, quiero, ser su líder, presidente, mandatario.

El pueblo escucha.

–Y es por eso que les pido, solicito y reclamo –añade el orador con enjundia –, ciudadanos, votantes, electores, que me otorguen, me regalen y me obsequien, su sufragio, su voto, su tache. Porque su servidor, su amigo, su candidato, juzga, entiende y opina, que este país, esta patria, esta nación, necesita una permuta, un cambio, una mudanza, de gobierno, de administración, de régimen.

Hasta que un local interrumpe al megalómano candidato:

–Señor…

El político calla; comienza a enfurecerse; cómo se atrevía el aldeano, el pueblerino, el sencillo, a interrumpirlo de esa manera, de ese modo, de esa forma. Pero se contiene, y le permite que se exprese. Por lo que el intrigado prosigue:

–Yo le tengo una pregunta: ¿a qué se debe que repita todo tres veces?

–Se debe, querido carnal, hermano, colega –comienza a responderle luego de soltar una risa irónica y soberbia –, a que necesito, preciso, requiero, que todos me comprendan, me entiendan, me capten. Desde los cultos, los letrados, los informados, como él –y señala a un hombre sentado en la primera fila vestido de saco tweed –; así como los normales, los corrientes, los estándares, como usted; y los analfabetas, los vulgares, los ramplones como el borracho, el ebrio, el pedo, que se encuentra ahí tirado, tumbado, caído – y señala al vago–.

A lo que este último se despierta y le reclama:

–Mire usted político, ratero, priista y gaviotón –comienza a gritarle el borracho irguiéndose y señalándolo arrastrando las letras –; ¿por qué no se va, se encamina, se dirige y se enfila, a follar, a joder, a parchar y a chingar, a su zorra, a su golfa, a su ramera y a su puta, mamá, jefa, progenitora y madre?


Inspirado en un chiste.

No hay comentarios:

Publicar un comentario