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domingo, 4 de diciembre de 2011

De libros, Peña Nieto y el foxismo


H. E. Cavazos Arózqueta
(@HECavazosA)

El precandidato priista a la Presidencia de la República, Enrique Peña Nieto, en su participación en la Feria Internacional del Libro en Guadalajara demostró tres cosas: la primera, que es posible escribir un libro sin haber leído uno antes; la segunda, que no tiene ni la más remota idea sobre literatura; y la tercera, que es el candidato de la ignorancia, la desmemoria y el analfabetismo, tanto político como literario.

El ex gobernador del estado de México no fue capaz de citar tres libros que le hayan marcado su vida; confundió títulos y autores; aseguró, como buen ex estudiante de una universidad del Opus Dei, que la Biblia ha jugado un papel muy importante en su vida; y le demostró al electorado que lo suyo es la imagen, no las palabras.

Por lo pronto ahora nos queda claro que el otrora mandatario mexiquense no sólo representa el posible regreso del PRI a Los Pinos, sino que del foxismo también. Y es que un político cuya popularidad se sostiene, como lo he asegurado en entregas anteriores, en hordas de ignorantes, analfabetas políticos, fans de La Gaviota y mujeres enamoradizas, no podía ser un intelectual de renombre; al contrario, debe parecerse en la mayor medida posible a sus seguidores; pues por algo lo siguen, ¿no?

Por mi parte, para poder dotar de validez y legitimidad mi crítica hacia el también conocido como El Copetón, citaré cuáles han sido los tres libros que han marcado mi vida. El primero, Cien años de soledad, por ser una novela que lo dice todo, que contiene la historia de la existencia misma; por el arte con el cuál se plasman la superposición de planos tempoespaciales y las figuras literarias como la hipérbole, el homenaje y las reminiscencias. Además, el final de esta obra maestra de Gabriel García Márquez, como el de Nuestra señora de París, de Víctor Hugo y Por quién doblan las campanas, de Hemingway, me hizo llorar, sudar frío y estremecerme.

El segundo libro que marcó mi vida fue El mundo alucinante, de Reinaldo Arenas; porque el lenguaje que se maneja en ese libro, esa mezcla de lo onírico con lo depravado y lo real es estupenda; porque la historia que narra, las proezas y peripecias vividas por Fray Servando Teresa de Mier, es tan real como mágica, alucinante, tanto en la novela como en la vida real. Y porque así como la dimensión ideológica del cronotopo que rodea sus páginas, como la biografía del autor, me fascinan.

El tercer libro que marcó mi vida fue La guerra del fin del mundo, de Mario Vargas Llosa, porque la Guerra de Canudos es prueba plena de que la marginación, la miseria y el fanatismo pueden impulsar a los pueblos a encarnar a titanes invencibles; y la manera en que el peruano narra este suceso de la historia de Brasil es majestuosa; sus personajes, sobre todo el comunista, Galileo Gall, son carismáticos y geniales.

Claro que es complicado seleccionar tres libros, sobre todo cuando se le tiene cariño a la literatura; para mí, una de las grandes pasiones de mi vida, misma que tuve la oportunidad de estudiar –sin lograr concluirla pero con el afán de lograrlo en un futuro –, durante un año en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Y por eso lamento sobremanera que un aspirante a la Presidencia de mi país se mofe de esta, la más bella de las artes. No es fácil citar tres novelas, pero porque los títulos deben sobrar, no faltar. A crear conciencia.

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