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miércoles, 15 de agosto de 2012

¿Aceptar el resultado de la elección presidencial?



H. E. Cavazos Arózqueta
(@HECavazosA)

Retornó la vieja máxima injuriosa: “si Andrés Manuel no gana, es porque hubo fraude; pero cuando gana, hay fiesta nacional”. De vuelta están las duras y dudosas afirmaciones de que López Obrador no sabe perder. Por fin pudieron priistas y panistas sacar ese “te lo dije” que tenían en la punta de la lengua.

Y que el Peje está loco; y que ya empezó con sus desmadres; y otro que no, que es que hubo fraude; y aquél que es que ustedes son así, que ya nada más falta que tomen Reforma; y que es que son intolerantes y no respetan el voto; y que no, que el PRI es mañoso y llevó a cabo trampa y artimaña y media; y que esto y que el otro.

Por un lado estoy de acuerdo con unos, por el otro con los otros.

Si bien AMLO firmó el pacto de civilidad asegurando que habría de respetar los resultados. No obstante, es indubitable que a lo largo de la jornada electoral y desde antes se manifestaron irregularidades, inconsistencias y delitos varios como el acarreo, la compra de votos, la injerencia, aunque sutil, del Poder Ejecutivo, la intromisión de los poderes fácticos, sobre todo de Televisa. Y todo esto devino en unos comicios federales ajetreados, sucios e inequitativos. Por consiguiente, entiendo perfectamente que el candidato de las izquierdas, emprendiendo una lucha jurídica que no afecta en nada a terceros, acuda a los medios de impugnación que establece la ley. Para eso están.

Desafortunadamente, no creo que las cosas puedan cambiar. La diferencia entre el priista Enrique Peña Nieto y el postulado por la coalición Movimiento Progresista se antoja gigantesca. Virtualmente este último habría perdido por 3 millones de votos más que en 2006. Y si las instituciones electorales a las que hoy acude no lograron hacer nada a su favor aquél año negro para la democracia mexicana, no creo que un sexenio después las cosas cambien de forma drástica.

Mas insisto, no me pareció una elección limpia. En este país, por lo menos, las elecciones no cristalizan la democracia. Pero es lo que hay. Lástima. Consecuentemente propongo reformar de manera radical todas las instituciones electorales del país. Han sido rebasadas. Nuestras precarias y pusilánimes autoridades electorales necesitan reforzarse, renovarse por completo. Carecen de credibilidad ante el pueblo de México y de respeto ante los partidos políticos.

Por mi parte, agotados los medios de impugnación, aceptaré el resultado. Y reconoceré como mi presidente a quien resulte ganador.

Asimismo, propondré una regeneración total de la izquierda mexicana; una verdadera reforma política despojada de nimiedades, como la reelección de legisladores, y que contenga temas de profundidad, como la segunda vuelta electoral y la elevación del discurso político.

Mientras tanto, seguiré aquí manteniendo mi lucha por un México mejor; y anhelando que algún día me toque ser testigo de que esto suceda.

A crear conciencia. 

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