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lunes, 29 de octubre de 2012

EPN por buen camino hacia la legitimación



H. E. Cavazos Arózqueta
(@HECavazosA)

Cuando se antojaba que en México se venía fraguando, a raíz de las elecciones de 2000, una incipiente y genuina democracia, vino un fraude electoral que desató una feroz aversión popular contra el Instituto Federal Electoral, el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, el Gobierno Federal y los detentadores  de los poderes fácticos nacionales. Lo que parecía un proceso de paulatina democratización resultó ser una farsa, un espejismo, una auténtica desilusión. Y el supuesto cambio y la anhelada transición se trataron de puro y vil pícaro y fullero gatopardismo. Tal cual.

La imposición de Felipe Calderón en el Poder Ejecutivo Federal devino en un conflicto poselectoral que duró seis años y polarizó, como nunca antes, a la sociedad politizada en México. Además, impidió que las fuerzas políticas trabajaran en conjunto y armonía, provocando, junto con la negligencia distintiva de quienes acompañaron a FCH en su administración, una ingobernabilidad que desató una tremenda crisis social, económica y política grave y sumamente dañina.

Confuso, precipitado e impulsivo, el Lic. Calderón Hinojosa, en su afán de encontrar la legitimación que las urnas se negaron a otorgarle durante la jornada electoral de 2 de julio de 2006, optó por buscarla donde muchos fascistas y dictadores militares la encontraron: en el verde olivo, en la casaca militar. Y suponiendo que manifestando una disposición a traer “mano dura” al país la encontraría, inició una guerra que desde su declaración dio muestras de carencia en materia de planeación, estrategia y ejecución. Al día de hoy, el proyecto que emprendió el comodatario de Los Pinos para legitimarse a tenido como resultado decenas de miles de muertos, miedo colectivo y un Estado fallido de facto en incontables municipios y entidades federativas.

Ahora México tiene nuevo Presidente Electo. Que si bien su triunfo resultó del desenlace de unos comicios federales que se desarrollaron entre infinidad de delitos electorales e irregularidades, y que además fue validado por un Tribunal totalmente superado en sus capacidades por la complejidad política imperante en el país, conformada por la existencia de maquinarias, la intromisión de los poderes fácticos e institucionales, el clientelismo y la compra y coacción del sufragio, fruto de la miseria que aqueja al pueblo mexicano. No obstante, en esta ocasión, la victoria del priista Enrique Peña Nieto fue abrumadora, y hoy nadie la puede negar. Consecuentemente, no se dio una ruptura como la ocasionada en 2006 por el conflicto poselectoral; y la transición que encabezará no se realizará entre ajetreo y pandemónium.

Así las cosas, y seguramente conscientes de que nuestro precario sistema electoral no dota de legitimación a los presidentes entrantes, EPN y su equipo han venido trazando el camino que han de seguir para poder legitimarse de manera más eficaz y contundente que de la que echó mano quien a partir del primero de diciembre será su predecesor. Empezaron reuniéndose con los gobernadores en funciones y electos del Partido de la Revolución Democrática. De esta forma comienza a entablar una relación institucional y política con la izquierda electoral mexicana, que, al haber decidido reconocer al mexiquense como presidente, manifiesta en su postura una determinación por fungir como oposición que debata y dé batalla legislativa, a diferencia de como se condujo hace seis años: negándose a trabajar de cualquier forma con el gobierno y el partido en el poder.

Falta que Peña Nieto dé muestras de otros aspectos de su proyecto de legitimación. Pero hasta el momento parece que va por buen camino. Por lo menos, su toma de posesión como Presidente de la República se llevará a cabo sin incidentes y con los principales actores políticos izquierdistas aplaudiéndolo. Todo indica que logrará concordia y reconciliación política. Y eso ya es un buen paso. Falta por ver los demás. Si los da bien, a todos nos va bien. Otro sexenio sin gobierno podría significar el fin del país.

A crear conciencia.

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