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sábado, 24 de noviembre de 2012

La torre de la súplica



Humberto Enoc Cavazos Arózqueta

Seguía obscuro. Oscuridad. Eterna y omnipresente oscuridad. Y la negrura acompañada del sonido monótono del goteo. Primero sutil, delicado, luego, por sincronizarse con el latir de su corazón, febril. Mas acababa por desesperarlo, enloquecerlo. Se trataba de un enloquecimiento, un delirio transitorio y frugal. No tardaba, después de arrancarse mechones de pelo y lanzarle a la nada alaridos estridentes y sin destino, en tranquilizarse, agradeciéndole a esas gotas de misteriosa procedencia que le impidieran al silencio que impusiera un imperio tan espeluznante como inquebrantable. Suficientemente atroz resultaba la disminución que sufrió de pronto su universo, la extinción de la luz y la interacción de sonidos. Pero se mantenía cuerdo; desorientado, perdido, pero cuerdo. Ajeno a cualquier atisbo de vida humana, incluso animal, empero conservaba los recuerdos más importantes, que cristalizaban el único nexo con el mundo y le ayudaban a mantener encendida, y lo suficientemente despejada como para pensar, su mente.
El olor a sangre, orines y heces fecales impregnaba el lugar donde se encontraba. Calaba hasta los huesos. Y lo vestían. Harapos y mierda cubrían su cuerpo escuálido y enclenque. Había dejado de temblar hace mucho, cuando el miedo se esfumó junto con la esperanza. Su vida se había convertido en un proceso de extinciones: primero se apagó la luz; siguieron la libertad, la dignidad, el orgullo y la fe. Despojado de casi todos los valores que hacen de un hombre una persona humana, se debatía entre la supervivencia y la muerte. A veces olvidaba las razones que lo impulsaban a mantenerse firme. Sobre todo porque ya no le quedaban en el corazón esperanzas ni sueños. Todo era una experiencia onírica: demasiadas veces no lograba distinguir entre una pesadilla y lo que estaba viviendo. Se alimentaba con sus excrementos; saciaba la sed con sus meados. Solamente de vez en cuando, arrastrándose por la mazmorra, constataba que le habían dejado un pedazo de hogaza de pan podrido y un vaso lleno de algo similar a la cerveza. Muchas veces, muchísimas, se sorprendía aplastando su comida con las manos llenas de sangre e inmundicias; quizá llevaban ahí mucho tiempo. Y él ni en enterado.
¿Por qué seguía? ¿Por qué no rendirse? ¿Por qué no entregarse a la muerte? Solamente tenía que dejar de comer mierda y beber orines. Nada complicado. Y cada vez le parecía más complejo y doloroso remembrar los motivos que lo dotaban del brío necesario para aferrarse a sobrevivir. Quizá en el fondo lo había olvidado y se engañaba a sí mismo por miedo a enfrentarse con su inexorable destino. Tal vez solamente tenía que esforzarse más para acordarse. Sin embargo, en lo más profundo de su ser, de su memoria, que para entonces ya lo era todo, no había nada. Y en su mente solamente visiones cada vez más difusas; y en su corazón sensaciones que le generaban cosquilleos que consideraba sentimientos débiles. ¿Por qué continuar por ese camino infernal? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?
– Porque te mantienen con vida, imbécil. Tú te rendiste hace mucho –dice una voz áspera y grave, que en su tono manifiesta una amargura negra y tétrica –; ¿qué creías? ¿Qué lo hacías por tu esposa e hijos?
¿Una voz? ¿No estaba solo? Las ratas comienzan hablar. Primero es eso. Quizá la cordura comenzaba a abandonarlo; ¿quién en su sano juicio habría de desear permanecer en ese hotel que encarnaba su cuerpo? Desahuciado, demolido. Una cama repleta de cucarachas y preservativos usados. Sangre. Y de pronto hace ella su entrada triunfal. Un cuerpo esbelto, sensual, irresistible. Se olvida la suciedad. Lleva su mano a la entrepierna y el ardor lo obliga a retirarla bruscamente; ¿en qué pensabas mientras te masturbabas con las manos llenas de deyecciones?
¿Esposa e hijos? Eso había dicho aquella voz. Pero él no recordaba a nadie. Ya no le interesaba. Con los músculos atrofiados, un par de huesos rotos, el decoro mancillado y putrefacto, no importaba el resto de la humanidad. ¿Qué diría cualquiera si me viera así? Antes de vomitar, claro.
Estaba solo.
Mentira.
– ¿Sigues debatiéndote? Aquí estoy, pendejo. Y no soy ninguna rata, saco de mierda.
Hediondo. ¡Qué hedor! Arcadas y náuseas se apoderan de lo que antes era un cuerpo fornido y saludable, poseedor de una belleza corriente y de una mente respetable. Un cuerpo que en otra vida –cuando sí había vida– sacrificó por una idea, por un valor, por un sueño.
¿Y si todo era tan bello antes por qué te quejaste, por qué combatiste a lo que constituía una realidad paradisiaca y sublime? ¿Por qué te revelaste?
Estúpido, mentecato, idiota, tarado, sandio, insulso…
– Pendejo.
– La verdad, ahora que lo pienso, sí.
– Pues arrepiéntete.
– Me arrepiento.
– Bien. Grítalo.
– ¡Me arrepiento! ¡ME ARREPIENTO! ¡Perdónenme! ¡Les suplico me perdonen! ¡Se los ruego! ¡Por favor, perdónenme! ¡Les pido –implora entre sollozos y rugidos –me disculpen! ¡Perdónenme! ¡PERDÓNENME! ¡PERDÓNENME!
Y suplica, y pide, y demanda, y ruega e implora.

***

Y sus chillidos, sus clamores siguen escuchándose. Trepan por un conducto de ventilación arcaico y se escapan a donde sí hay vida. Vida que se vive voluntariamente, no impuesta. Impuesta para que sus bramidos de arrepentimiento se escuchen, para que cuando la gente pase por la Torre de la Súplica sepa que ahí no se debe combatir la realidad establecida; ¿para qué? Si no está nada mal.
Por nada del mundo quieren sumar sus voces a los coros que conforman los lamentos que emanan de esa torre siniestra, de esa cárcel maldita e inhumana.
¿Para qué pelear? Así no estamos tan mal. Podríamos estar peor. Y si no, escucha a los que piden perdón desde ese espantoso lugar.

***

Y nunca más hubo revoluciones en ese país. Cualquier incipiente anhelo fue instantáneamente amedrentado, inhibido, desintegrado por las súplicas, por los gritos de arrepentimiento originarios de esa torre, de la Torre de la Súplica.

***

El miedo es la mejor arma para serenar.

Fin

2 comentarios:

  1. Excelente. Muy a doc a la situación que padecemos en el país. Me gustaria exponer este cuento en mi cuenta, pero obviamente no si su permiso. Soy un espiritu guerrero, y este cuento sólamente ha inflamado más ese espíritu. Muchas Felicidaes, y a pesar de la crítica costructiva de Gog, yo si creo que sea un cuento digno de ser leído muchas veces y a muchos nos gusta tu estilo. Un humilde servidor en horabuena!!

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