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jueves, 1 de agosto de 2013

El último momento del líder





El último momento del líder

H. E. Cavazos Arózqueta
(@HECavazosA)

El líder abre los ojos. Los sueños comienzan a desvanecerse paulatinamente. Acto seguido los olvida por completo. Ahora solamente son él y esa incomodísima sensación de ansiedad que lo ha venido persiguiendo desde hace ya muchos años. Demasiados. Se levanta de la cama. Allá afuera la madrugada tropical, los ruidos de la selva, el eterno cantar de la fauna, la constante música de la naturaleza. La humedad incomoda. Durmió sin ventilador. Tanta agua, recia, abundante, se llevó consigo la luz del pequeño hogar. Austero, deteriorado, suficiente. “Será una mañana mojada”; piensa el líder; da gracias a Dios por las guayaberas. Aunque sin sentirse incómodo ni con miedo de confrontar la intemperie en tan gélido, vivo y verde territorio. Lo conoce bien. Ya está acostumbrado. Es hora de tomar el baño.
Se baña perfectamente, pero sin tomarse su tiempo. Es un hombre pulcro y consciente de los problemas que engloban al vital líquido. Agua corriente, mas limpia. Le espera un día largo. Se concentra en cada acto que va realizando. Intensamente, para no abrirle la puerta a los demonios de la incertidumbre, del “y si hubiera”, o a la melancolía, a la aflicción, a los recuerdos de tiempos mejores, de un pasado mejor. Necesita estar enérgico, no mohíno. Se afeita con destreza, con agilidad. Quizá en su subconsciente cree que cuando uno se seca o se afeita luego de la ducha, se arranca, se sacude, se cepilla las malas vibras, el mal de ojo. Afuera ya paró de llover, empero la humedad persiste como preludio a un clima caluroso, casi ardiente. La vida sigue cantando afuera, ajena a los problemas del líder, indiferente a sus angustias, a sus filias o a sus fobias.
Toma unos pantalones grises, una guayabera blanca y unos zapatos negros. Todo sencillo, nada elegante ni lujoso. Se pone el reloj de pulsera y vuelve a dirigirse al espejo. Lo último que hace es peinarse. Sigue sorprendiéndose de cómo sus ojos se le hunden inevitablemente, de cómo la piel comienza a colgarle en el rostro. El pelo no le preocupa. “Nací con más canas que mi abuelo”, solía bromear entre risas pícaras y joviales años atrás. Seguía bromeando, seguía carcajeándose. Pero no como antes, que se meaba de la risa y no tenía que fingir jamás una sonrisa. Eran tiempos mejores, cuando no conocía ni la zozobra ni el rencor ni el resentimiento ni el odio.
Se dispone a salir, a enfrentarse con los primeros atisbos del alba, con el olor a agua, a agua en abundancia, en peligrosa y amenazante abundancia. No sabe lo que le espera; no obstante, muy en el fondo, está consciente de que no será como antes, cuando la gloria no le cabía en las manos y el amor de la gente lo alcanzaba a pasmar. Eran tiempos mejores. No como ahora, que para sentir un mínimo asomo de la febril y hermosa sensación de ayer había que rogar. Toda su vida ha vivido enamorado del ayer, del pasado. Siempre necio, tenaz, testarudo, cuando decide aferrarse a algo se abraza a ello con todas sus fuerzas, que son titánicas. Y ni quien lo suelte.
Desayuna un café de donde le gusta. Muy exótico, nada caro. Lo acompaña con un poco de pan dulce en compañía de su inseparable. Hablan de lo que les espera. El líder lacónico, aquél parlanchín. Ambos charlan de una cosa con palabras, y de otra, mucho más importante, con las miradas. Algo saben que les da miedo decir. Temen a que si lo dicen en voz alta se torne en inexorable su miedo. Por ello callan, esperanzados a que el silencio evite que se hagan realidad sus miedos. “Pero todo sea por el pueblo bueno”, reflexiona.
Llega la hora de salir. Las demás personas han llegado a la casa. Ya están todos listos. Empapados en sudor y lejos de sentirse eufóricos salen en una diminuta caravana rumbo al destino. En sus corazones, la sensación de descender a un inframundo inhóspito y sombrío. Risas nerviosas y falsas se escuchan en el automóvil. Palabras de quimérica esperanza. Mentiras blancas, sanas, necesarias para hacer tolerable el camino. El líder prefiere no hablar mucho. El monótono transcurso a la plaza lo obliga a bajar la guardia. Tanto verde y más verde, el golpeteo que provoca la terracería y los nervios le abren la puerta, primero, a la nostalgia, que se incrusta con violencia en su memoria. Y recuerda las plazas pletóricas, el estremecedor coro de los vítores, las canciones con su nombre, a cientos de miles de voces rugiendo su apoyo por él, el amor popular, el inminente triunfo, el dulce sabor del poder y de vislumbrar al sueño cumplirse.
Luego los demonios, que agresivos y feroces le corroen el corazón. Le azotan la memoria con arrepentimientos, con bellos recuerdos de eventos que jamás ocurrieron a causa de ciertos errores y diversas pifias. Y el hubiera, el maldito y canijo hubiera, que ponzoñoso envenena la serenidad del líder. Lo llena de angustia, le entume las extremidades, lo dobla, lo hiere, lo enfurece y confunde. No llora, ¡claro que no llora! Ojalá pudiera llorar, encontrar la manera de sacar del cuerpo tanta toxina emocional. Tampoco tiene vicios en los cuales refugiarse. Solamente tiempo, y lo usa. Se entretiene 18 horas al día tratando de revivir sus ilusiones, gastando al cuerpo, al corazón. Eternamente asido a su lucha, que hace ya mucho tiempo perdió.
Llega al sitio, a la plaza. Una banda toca desde la marginación. La música se pierde en el vacío. Algunas escuálidas y desteñidas banderas. Uno que otro slogan. Ancianos carcomidos por el sol, niños que portan gorras que llevan el nombre del líder. Soledad. Tres vendedores ambulantes tratando de recuperar lo que gastaron en transporte. Un ejército de sillas vacías. La materialización de que hubo tiempos mejores, mucho mejores. Falta media hora para que el líder haga uso de la palabra. Las personas que viajaron con él tratan de alentarlo, de subirle los ánimos. El inseparable llora sin lágrimas. Todos recuerdan aquellos tiempos mejores.
A lo lejos se ve a otro grupo de gente llegar. Son seis. Van a ver qué se encuentran. Desde los balcones algunos miran la plaza llena de sillas vacías. Pocos deciden bajar. “Más cómodo desde aquí.”, se convence a sí misma una mirona que siempre votó por el líder. Un chamaco le pregunta a su papá jalándole la manga de algodón blanco: “oye apá, ¿y a quiora empieza el chou?”. Dos niñas sentadas cada una en una silla juegan con una muñeca de trapo. Un perro se come un tamal que 20 minutos antes se le resbaló de las manos a una señora. “¡Chingada madre!”, maldijo.
Toman la voz un par de políticos. El líder ni los escucha. Su mente está atormentada por el sonido de una especie de zumbido. Ni tan incrédulo atestigua tan paupérrimo espectáculo. En el fondo sabe que así iba a ser. Se trata de animar pensando que duró más que cualquiera. Y sí es cierto. Pero también sabe que a todo y a todos les espera un final. Así que cuando toma la palabra, coge su discurso, lo hace pedazos y vuelve a improvisar después de muchas décadas. Comienza a dar el más sublime, intenso y precioso de los discursos. Arranca lágrimas. Por fin el inseparable puede llorar como dios manda. Lástima que muchos abajo no lo entiendan, que las sillas no lo puedan escuchar, que no haya nadie que lo grabe. Termina de hablar. Da gracias. Se despide. Es el último momento del líder.

6 comentarios:

  1. Una analogia de AMLO sin duda muy buena

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  2. Excelente relato! Desde el comienzo me "jaló" hasta empezar a sentir el calor tropical que ambienta la historia. Está escrita como queriendo emular a Carlos Ruíz Zafón. Bien logrado. Felicidades!

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    1. Estimado Julián:

      Te agradezco mucho el comentario. Le alegro que te haya gustado el relato.

      Alientas a seguir escribiendo.

      Un fuerte abrazo.

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  3. Ese, es un auténtico líder. No comparto la visión de verlo en su ocaso pero, respeto la intención del autor de darle ese sentido de declive al liderazgo ejercido.

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    1. Reconozco y agradezco el respeto. Creo todo se deteriora con el tiempo, desde los cuerpos hasta los liderazgos. Es algo inexorable, imposible de detener o evitar.

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