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jueves, 9 de enero de 2014

Peña Nieto representa la última carta



H. E. Cavazos Arózqueta
(@HECavazosA)

Se vienen tiempos de ajetreo, trajín, meneo, para México. Lo que me parece bien, pues infiero que el país requería—¿requiere?— de una sacudida para espabilarse y salir del anquilosamiento en el que se encuentra—¿encontraba?—. Por ello aplaudí el ímpetu reformista que desde un principio mostró nuestro Gobierno—Poder Ejecutivo, Legislativo y Judicial— desde que Enrique Peña Nieto tomó posesión como presidente de la República. Mis aplausos nunca fueron dirigidos hacia este último, sino a la estrategia que se empleó para sacar adelante las reformas: el Pacto por México y el fomento de un ánimo conciliador que no se veía desde hacía décadas.

Todos los partidos políticos coincidieron que había llegado el momento en que las Cámaras tenían que empezar a dar resultados a la ciudadanía, legislando; en pocas palabras: poniéndose a trabajar de una vez por todas; y el fruto de dicha concordia fue un Pacto cuyo único propósito fue que reformas con un potencial de trascendencia enorme se promulgaran a la brevedad posible. Entonces brotó la Reforma Laboral, la de Telecomunicaciones, la Educativa, la Financiera, la Energética; y se vienen la Política y la Electoral.

No digo que las reformas deban ser necesariamente buenas para el pueblo o la nación. Quizá incluso resulten nocivas para las mayorías. No obstante, insisto que a México le urgía ser impactado por una ola reformista. Ola que ya se vislumbra en el panorama político. Ahora sólo queda esperar a ver qué repercusión tenga en la sociedad, o la hunde o la saca a flote.

Lo que es un hecho, es que las mentadas reformas cristalizan la última oportunidad de la nueva ideología de derecha para reivindicarse ante el mundo. Si las también llamadas reformas estructurales, una vez aplicadas, no llegan a significar la prometida y cantada panacea, entonces el mito neoliberal se vendrá abajo, se derrumbará. Por eso los ojos del mundo están actualmente posados en México, que pronto materializará, como Chile en su momento, el laboratorio neoliberalista global. Todo el poder económico está atento a lo que ocurre y ocurrirá en los próximos años en nuestro país. Peña Nieto encarna la última carta del neoliberalismo. E infiero que no se trata de ningún As.

Así las cosas, se antoja predecible y aburrido que el poder comience a lanzar vítores y loas a nuestro poco culto y bien peinado presidente. Porque él representa la última esperanza del capitalismo voraz e indiferente a los problemas sociales.

No niego que su gobierno en ciertas ocasiones me ha sorprendido de manera grata. Sería terco e imbécil no poder resaltar ninguna virtud de nuestro Gobierno Federal, que cuenta con gente brillante y ha logrado mostrar sensibilidad política y a veces eficacia, lo que los panistas jamás le enseñaron a los mexicanos. EPN y los suyos, a diferencia de Calderón y sus amigos, ha ganado todas sus batallas. Hazaña digna de reconocerse. Pero de eso a que el político oriundo del legendario y tricolor Atlacomulco personifique a la esperanza de México hay un abismo de diferencia.

Ojalá, por el bien de México, que las cosas salgan bien. Sin embargo, no puedo mostrarme demasiado optimista. Mas hurgando entre mis emociones por algo de optimismo, me gustaría lanzar una hipótesis al aire: si las reformas no sirven de nada y la izquierda aprovecha la derrota ideológica del neoliberalismo, será el fin de las presidencias carentes de conciencia social.

A crear conciencia. 

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